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Feliz cumpleaños O Rei

Recordamos al mayor genio del fútbol, con una agridulce anécdota en la que comenzó a gestarse su leyenda

El 16 de julio de 1950 ocurrió lo que para muchos fue la mayor tragedia (deportivamente hablando) de la historia del fútbol, o la mayor hazaña, depende del lado del campo desde el cual se vea. Pero para mi ese día fue el momento en la que se comenzó a gestar una jugada más grande que el mismo Maracaná.

Si me permiten les explico.

Eran casi las 3.30 de la tarde. Ni un alma se podía uno encontrar por las calles de Brasil. Todo el mundo estaba dentro de ese gigantesco estadio que en tan sólo 22 meses los brasileños habían construido para albergar una fiesta, su fiesta.
Y los que no estaban allí, estaban en sus casas abrazados a las radios esperando que el partido, la esperada final contra los bravos uruguayos diera comienzo.


En realidad todo esto no hacía más que convertir a las calles en el mejor campo de juego que ellos, los niños de la cuadra, habían tenido jamás, porque era toda para ellos.
De un lado atacaban Jair, Friaca, Zizinho y Ademir. Del otro lado los Ademir eran dos porque ninguno de esos dos garotos quería dejar de ser “Queixada”, el fantástico goleador, estrella del Vasco da Gama, que llevaba ya 8 goles convertidos en el torneo. Los porteros de ambos equipos eran Moacir Barbosa, ¿quién más sino?, el que para ellos, hasta dentro de un par de horas, sería el mejor del mundo.
Aunque todavía no todo era perfecto, el hijo de Dondinho, el dueño de la pelota aún no llegaba.

Por el estadio las cosas iban mejor. Todos estaban preparados para salir a la cancha, incluso Juvenal, que la noche anterior se había pasado de copas en el Dancing Avenida de Río. Pero a quién le importaba en ese momento. Todo estaba listo para el gran festejo. Y por si hiciera falta, Angelo Mendes de Morais, el prefecto de Río, a través de 254 altavoces reforzaba el espíritu de los casi 200.000 torcedores con estas palabras:

Brasileños, ustedes que en unos minutos serán consagrados campeones del mundo, ustedes que no tiene rivales en todo el planeta, ustedes a quienes ya saludo como vencedores. Cumplí mi palabra construyendo este estadio ¡Cumplan ahora su deber, ganando la Copa del Mundo!

Quien podía contradecirlos. Venían de meterle 7 goles a Suecia y 6 a España, mientras que Uruguay solo por la mínima había derrotado a los suecos y no pasaba del empate con los españoles. De hecho a Brasil le alcanzaba el empate para levantar su primera copa.

En el vestuario de enfrente un directivo de los orientales le decía a su capitán que el objetivo era perder por la menor cantidad de goles posibles. Con eso se consideraban cumplidos. La respuesta de Obdulio Varela el “negro jefe” fue seca:


– Los de afuera son de palo. Cumplidos solo si somos campeones.

El resto de la crónica de esta histórica jornada es más conocida.


Brasil se puso arriba en el marcador a los 2 minutos del segundo tiempo y todo el Maracaná se venía abajo. Pero fue allí que el capitán uruguayo tomó la pelota en sus manos para reanudar el partido. La leyenda dice que se pasó cinco minutos discutiendo un off-side inexistente antes de hacerlo y que de esa manera no sólo enfrió el partido, sino que cargó de nervios a todos los rivales. Los hizo pensar. Y de un golpe les sacó toda la seguridad que tenían. Ahora tenían miedo.

Al rodar nuevamente la redonda Obdulio era el dueño del partido.  Al rato Schiaffino recibe un centro de Ghiggia y estampa el empate.
A 10 minutos del final Ghiggia desborda una vez más a Bigode. Moacir Barbosa intuye un nuevo centro y regala su palo. Allí va el disparo raso del delantero charrúa. El portero intenta regresar sobre sus pasos. Pero ya es tarde. Cree tocarla con los dedos, pero con el rostro enterrado en el pasto la reacción del estadio le devela la más amarga de las realidades. Todo es silencio. Gol celeste.

La gesta uruguaya se había realizado y la historia la bautizaría como “El Maracanazo”

Pero mi historia, es la que marca que Brasil, de la manera más dura y cruda, ese día aprendía su última lección que terminaba de templar su carácter. Ya nunca se vería a un equipo brasileño especular con un resultado ni sentirse seguro con un gol a favor.
El timorato equipo de casaca blanca (colores que usó hasta ese mundial) le daba lugar a la verdeamarella que hoy todos conocemos. El que luego de meterte un gol, siempre trata de machacar con otro.  El que para ganar no solo una copa, sino tres, sólo necesitaba un nuevo líder.

A ese líder lo iba a encontrar ese mismo día, jugando en la calle.
El hijo de Dondinho había llegado con su pelota y tenía su fiesta. Le había hecho goles de todas formas y colores a los dos Moacir. De taco, de rabona y hasta uno luego de un sombrerito exquisito. Cuando le fue a contar a su padre el gol que había hecho, lo encontró llorando por la derrota de Brasil, y le dijo:

– No llore papá, yo voy a ganar una Copa del Mundo para usted.

Ese niño era Pelé y 8 años más tarde, en Suecia 1958, luego de un sombrerito exquisito, ganaba la primera de sus tres copas.

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Sergio Onzari Walker

Fotógrafo, director de arte y realizador documental argentino radicado en Panamá.

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