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De pronto se hizo la noche

Al ritmo de un héroe imposible llegado desde Italia, seguimos los primeros pasos de la banda que en Argentina lo cambió todo

Hace 38 años, con el retorno de la baterista Stephanie Nuttall a Inglaterra debido al comienzo de la Guerra de Malvinas, se disolvía la primera versión de lo que el rock conocería como Sumo. Hurgando en el cajón de los recuerdos pudimos dar con una primera versión del primer tema grabado por el grupo que llegaría a cambiarlo todo en la escena del rock argentino, y con una pequeña historia relatada hace tiempo a Página 12 por el periodista Alfredo Rosso, que reconstruye cómo fueron aquellos primeros seis meses de vida del grupo: la llegada de Luca a la Argentina para dejar la heroína, los ensayos iniciales con Sokol empuñando un bajo por primera vez y Daffunchio aprendiendo a tocar la guitarra, los shows en Olivos para seis personas, las primeras grabaciones y la legendaria carrera de ginebra con la que Luca desafió a Pappo y se ganó el respeto del público argentino.

A 33 de años de la desaparición física del líder de Sumo, recordamos su primer impacto en la noche de Buenos Aires.
Ya nada sería igual.


Febrero, 1982. El director artístico de Phonogram, Adrián Berwick, señaló el cassette que descansaba sobre su escritorio y me dijo: “Tengo algo para que escuches y me des tu opinión. Es una banda nueva: dos argentinos, una inglesa y un italiano educado en Gran Bretaña. Acabo de grabarles un demo y no sé muy bien qué hacer con ellos”. La duda de Berwick se justificaba: en febrero de 1982 no era fácil introducir en el mercado del rock nacional a un grupo de estilo indefinible, que mezclaba punk-rock con reggae y que –encima– tenía letras en inglés.

Salí de las oficinas de Phonogram con el cassette en el bolsillo y una idea dándome vueltas en la cabeza: verlos en vivo. Tenía una sola pista: ese sábado iban a tocar en un local de Olivos. Mastropiero estaba en la calle Corrientes, entre Libertador y Bartolomé Cruz, justo enfrente de un circuito de mini-golf muy popular en aquellos días, donde hoy se encuentra el restaurante La Palmera. Mastropiero era el clásico bar-whiskería de los años 80: paneles de madera en las paredes, barra acolchada, mesas y sillas macizas y vidrios traslúcidos. Los sábados a la noche era un reducto de parejas y de amigos tomándose un par de cervezas. La música ambiental era típica de las FM de entonces: baladas tipo “All by Myself”, de Eric Carmen y “Feel Like Makin’ Love”, de Roberta Flack.

Llegué apenas pasada la medianoche. Al rato las luces bajaron y por primera vez reparé en el escenario ubicado en un extremo estrecho, sangucheado entre la puerta de entrada y una esquina del local, como si hubiese sido un pensamiento de último momento. Stephanie Nuttall, semitapada por su batería, ocupaba buena parte del escenario. A su derecha, un delgado y morocho bajista llamado Alejandro Sokol hacía equilibrio para caber en su rincón. A su izquierda, Germán Daffunchio lucía reconcentrado, arqueado sobre su guitarra eléctrica y casi de espaldas al público. El centro del escenario lo dominaba el cantante, un personaje macizo que tenía delante de sí una cajita electrónica y, a su lado, una guitarra acústica. Llevaba una grotesca careta de hippie con barba mefistofélica y unas crenchas de pelo a lo Rasta que salían como tirabuzones y colgaban a los costados. De a poco fue surgiendo el ritmo machacón, hipnótico, de “Night & Day”. Cuando el tema alcanzó el pico de su crescendo, el cantante se arrancó la careta, revelando rasgos faciales poderosos y una soberana pelada. Era, por supuesto, Luca Prodan.

Sumo – Night & Day version demo 1981

No lo sabía entonces pero estaba presenciando el segundo recital, propiamente dicho, de Sumo. En ese momento me asaltaron varias sensaciones distintas. La primera fue que Sumo sonaba como ningún grupo que yo había escuchado hasta entonces. Era una cuestión de originalidad, no de perfección técnica, ya que el sonido era bien crudo. Pero había algo definitivamente nuevo en ese golpeteo primal de los parches de Nuttall, en el bajo macizo de Sokol, en la urgencia caótica de las notas de Daffunchio. Todo eso enmarcando la voz a veces desgarrada, a veces melancólica, a veces acusadora, pero siempre impregnada de una indudable autoridad, de Luca Prodan. 

La segunda sensación fue de desplazamiento. El entorno cheto de Mastropiero y de Olivos todo pasó a un segundo plano. A medida que pasaban los temas me iba metiendo en ese film noir que rodaban las letras del grupo; en la tensión de “Hello Mark”, donde Luca trataba de penetrar en el cerebro del asesino de John Lennon; en el hastío existencial –en medio de la lluvia londinense– de “Telephones Ringing in Empty Rooms”; y en el sinuoso subibaja reggae de “Breaking Away”.

Luca Prodan

Cuando Sumo bajó del escenario sentí esa confusión temporal y espacial con la que el cuerpo, aún no repuesto, suele reaccionar después de atravesar por una experiencia inusual y catártica. Alguien del lugar me presentó al manager del grupo, Timmy Mackern, y por su intermedio conocí a Luca. Descubrimos gustos musicales en común: los grupos más “jugados” de la new wave inglesa, Wire, Joy Division; cantautores como John Martyn yNick Drake; y el reggae combativo del sello Front Line, que tenía en su catálogo a Culture y Mighty Diamonds. Al rato se acercó la baterista Stephanie y de golpe se me encendió una lucecita en alguna parte de la memoria: recordé haber visto, en un periódico musical inglés al que acababa de suscribirme –el New Musical Express– un artículo sobre la banda inglesa de Stephanie, Manicured Noise. Se titulaba “Stephanie and her pet rat” (“Stephanie y su rata amaestrada”) y el periodista comentaba jocosamente el hábito de la chica –empleada de una especie de DGI inglesa– de salir a cobrar impuestos de puerta en puerta acompañada por un hamster al que llevaba en una jaulita. El hecho de que un argentino tuviese, a 8000 kilómetros de distancia, un artículo sobre un grupo que era prácticamente desconocido en la propia Inglaterra, nos permitió romper el hielo rápidamente.

Las actuaciones en Mastropiero duraron varios fines de semana. Por lo general, los sábados el local se llenaba, pero los domingos a la noche era otra historia. Sumo llegó a tocar para seis o siete personas; pero eso no parecía afectarlos. Luca cantaba con la misma o, a veces, con mayor intensidad, y Germán, Alejandro y Stephanie le respondían palmo a palmo. Más que explotar, Sumo parecía implosionar. Estaban descubriendo sus posibilidades, viendo hasta dónde podía llegar esa química hecha de palabras, sonidos y emociones.

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Fuente Página 12
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