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María en tierra de nadie

Conocí esta historia hace muchos años. Forma parte de mis primeros recuerdos, de la época en que salíamos en familia a la ruta con el viejo “fitito” (con la tapa del motor levantada invariablemente para que no caliente) en plan de vacaciones hacía Puerto Madryn.

Supongo que fue en alguna de las paradas técnicas a mitad de camino (porque irremediablemente el “fitito” siempre calentaba) que la vi por primera vez. A la vera del camino, una pequeña lomada blanca, con forma de conito, rompía la monotonía de la agreste meseta patagónica. Casi mágica, parecía salida de un cuento. Al menos así la recuerdo. Al fin de cuentas tendría 5 años, a lo sumo 6 y todo parece mágico a esa edad. Y de esa manera me pareció el cuento que me hizo mi abuela, porque eso era, un cuento. Que allí, sobre esa loma perdida en el medio de la nada había nacido la primera mujer blanca de la Patagonia. Y que se llamaba María, igual que ella. Que había llegado en la panza de su madre junto a 153 locos y locas Galeses que habían cruzado el océano en busca de libertad en un barquito que cuando lo vi, me sorprendí con lo pequeño que era. Y eso que a esa edad uno lo ve todo grande.

Con los años descubrí lo grande, lo enorme de esa gesta, la de un grupo de colonos que escapando a la opresión de los ingleses, dejaron su patria para venirse al fin del mundo a encontrarse con una tierra que no podía ser más contrastada con el verde de su Gales natal. Llegaron en pleno invierno, un 28 de julio, exactamente 155 años atrás. Y cuando digo invierno, hablo del crudo y duro invierno Patagónico. Tardaron 2 meses en llegar. En alta mar nació gente, otros murieron y hasta algunos se casaron. Al llegar a la New Bay descubrieron que allí no había agua. Que su tierra prometida estaba aún a más de 80 kms., en el valle de un río que se lo habían pintado milagroso pero que mucho distaba de serlo. Hicieron a pie ese trayecto, con el frío calando sus huesos y en un punto a mitad de camino, nació María.

Hace poco tiempo me topé con un relato que enseña no solo lo duro que fueron los primeros años de estos colonos en la tierra más austral del planeta, sino como se relacionaron con sus habitantes originales, los indios Tehuelches, constituyendo con ellos un ejemplo de convivencia que fue único en toda la colonización americana, pocos años antes que un hijo de puta llamado Julio Argentino Roca barriera con ellos a través de las armas. Es una pequeña historia y la quiero compartir tal cual. María y su madre son las protagonistas.

(Del libro “Mujeres en Tierra de Hombres”)

El tiempo pasó y no supieron de los indios, tanto que pensaron que en realidad no existían por esos lugares. No por ello sus preocupaciones terminaron. Todos los días espiaban las nubes por ver si traían la lluvia que necesitaban para hacer crecer las semillas, pero nada. Las provisiones que el gobierno argentino les había dado se estaban terminando y como eran humanos quisieron volverse. ¿No era desafiar a Dios pretender doblegar una tierra de la que nada se conocía? Hasta la corteza del pan usaron para hacer té y contaban que los chicos tenían la boca verde de comer hierbas, raíces y tunas cubiertas de espinas. También comieron todo tipo de animales, algunos repugnantes. Una nueva ayuda por parte del gobierno argentino les permitirá hacer un nuevo intento.

 Mientras, la vida continuaba. Como los campos eran grandes las casitas quedan muy lejos unas de otras. Un día, Elizabeth estaba en su casa con su pequeña Mary –la niña que había nacido en el camino–, mientras su marido, que era carpintero, se hallaba ausente por trabajo. Los indios aparecieron silenciosos mientras Elizabeth estaba distraída en sus quehaceres. No los escuchó llegar. En un momento había un grupo de ellos. ¿Cómo adivinar las intenciones en esos rostros curtidos e impasibles? Las pieles que los cubrían les daban un aspecto amenazador, salvaje y diferente. Elizabeth quedó paralizada. Trató de recordar lo que se había hablado acerca de qué hacer cuando llegaran los indios, pero sólo atinó a tomar en sus brazos a su bebé y quedarse quieta.

Correr, pedir ayuda era imposible. ¿Cómo decirles que ellos eran mujeres y hombres de paz? Se dejó guiar por el lenguaje que las mujeres han aprendido en miles de años de cultura: buscó la mirada de la mujer india que estaba con el grupo, caminó hacia ella y le puso a Mary en los brazos. No hicieron falta palabras.

Colonos Galeses

No puedo decir que fuera realmente mi sangre la que ese 28 de julio de 1865 haya llegado a la New Bay para comenzar a construir lo que con el tiempo se transformó y reconozco como mi tierra.

Pero si claramente con ellos llegó el espíritu, ese espíritu que hasta el día de hoy me acompaña y habiendo recorrido como fotógrafo buena parte de Latinoamérica con la cámara en mano, me sigue definiendo en el camino como un auténtico Patagónico.

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Sergio Onzari Walker

Fotógrafo, director de arte y realizador documental argentino radicado en Panamá.

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