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De la soberanía alimentaria al Comercio Justo

Principios para apostar por nuevos modelos productivos

Este nuevo año que se inicia nos ha sorprendido con la grata sorpresa de iniciarlo colaborando con una institución que suma años y esfuerzos trabajando en toda Latinoamérica, promocionando nuevos modelos de producción, distribución y consumo.

Estas nuevas formas conocidas como Comercio Justo y relacionadas estrechamente con movimientos de Soberanía Alimentaria impulsados hoy en día de manera global, nos llevó a tener que documentarnos y estudiar sobre aquellos principios fundamentales de conceptos que de una manera u otra han estado presentes en muchos de nuestros trabajos, pero que viene bien repasar y compartir con todos y todas en un momento en el cual está bueno fijarnos nuevos y más sanos objetivos por cumplir.

¿Qué es la Soberanía Alimentaria?

La Soberanía Alimentaria es el derecho de los pueblos a alimentos nutritivos y culturalmente adecuados, accesibles, producidos de forma sostenible y ecológica, y su derecho a decidir su propio sistema alimentario y productivo. 

Esto pone a aquellos que producen, distribuyen y consumen alimentos en el corazón de los sistemas y políticas alimentarias, por encima de las exigencias de los mercados y de las empresas. 

Defiende los intereses de, e incluye, a las futuras generaciones. Nos ofrece una estrategia para resistir y desmantelar el comercio libre y corporativo y el régimen alimentario actual, y enderezar los sistemas alimentarios, agrícolas, pastoriles y de pesca para que pasen a estar gestionados por los productores y productoras locales. La Soberanía Alimentaria da prioridad a las economías locales y a los mercados locales y nacionales, y otorga el poder al campesinado y a la agricultura familiar, la pesca artesanal y el pastoreo tradicional, y coloca la producción alimentaria, la distribución y el consumo sobre la base de la sostenibilidad medioambiental, social y económica.  La Soberanía Alimentaria promueve el comercio transparente, que garantice ingresos dignos para todos los pueblos, y los derechos de los y las consumidoras para controlar su propia alimentación y nutrición. Garantiza que los derechos de acceso y gestión de nuestra tierra, de nuestros territorios, nuestras aguas, nuestras semillas, nuestros rebaños y la biodiversidad estén en manos de aquellos/as que producimos los alimentos. 

La Soberanía Alimentaria supone nuevas relaciones sociales libres de opresión y desigualdades entre los hombres y mujeres, pueblos, grupos raciales, clases sociales y generaciones.

Otra agricultura, otro comercio

El sistema agroalimentario mundial se ha demostrado totalmente incompatible con el respeto al ecosistema y con la cobertura de las necesidades alimentarias de la mayor parte de la población a escala global, especialmente en los países del Sur. La cifra de más de mil millones de personas que pasan hambre en el planeta es un claro ejemplo de ello. Paradójicamente, hoy se producen más alimentos que en cualquier otro período histórico, con un aumento de la producción en los últimos veinte años del 2% mientras que la población ha crecido a un ritmo del 1,14% (Holt-Giménez y Patel, 2010).

Asimismo, se calcula que el actual modelo de producción, distribución y consumo de alimentos es responsable de entre un 44 y un 57% de las emisiones de gases de efecto invernadero. Una cifra resultado de sumar las emisiones de las actividades estrictamente agrícolas (11-15%), de la deforestación (15-18%), del procesamiento, transporte y refrigeración de los alimentos (15-20%) y de los residuos orgánicos (3-4%).

En los países del Norte, asistimos a una profunda crisis del mundo rural y campesino con la desaparición, por ejemplo, en Europa de más de mil explotaciones agrícolas al día, según datos de la Coordinadora Europea de la Vía Campesina. En Estados Unidos, desde los años 30, se ha dado un largo proceso de expulsión de las y los campesinos de sus tierras y el número de granjas ha ido disminuyendo a la vez que su tamaño aumentaba.

La privatización de los bienes naturales (agua, tierra, semillas), las políticas de ajuste estructural, los tratados de libre comercio, los procesos de “descampesinización” e industrialización de los modelos productivos, los monopolios a lo largo de la cadena agroalimentaria, etc. han configurado el actual “neoliberalismo alimentario” y nos han conducido a esta situación. La crisis alimentaria se enmarca en un contexto de crisis sistémica del capitalismo con múltiples facetas: económica, ecológica, social, alimentaria, de los cuidados, energética.

Frente a este modelo, se plantea, a mediados de los años 90, el paradigma alternativo de la soberanía alimentaria, que consiste en “el derecho de cada pueblo a definir sus propias políticas agropecuarias en materia de alimentación, a proteger y reglamentar la producción agropecuaria nacional y el mercado doméstico a fin de alcanzar metas de desarrollo sustentable” (VVAA, 2003: 1). Un concepto que va más allá de la demanda de seguridad alimentaria y que reclama no sólo “el derecho a comer” sino que cuestiona, también, las actuales políticas agrícolas y alimentarias, el monopolio agroindustrial y la privatización de los bienes naturales. Se trata, en definitiva, de anteponer otro modelo de producción, distribución y consumo que tenga en su centro a las personas y al ecosistema.

Por otro lado, desde los años 60, movimientos alternativos vienen planteando otra lógica frente a las injustas relaciones del comercio internacional Norte-Sur. Se trata de la propuesta del comercio justo, que busca “una mayor equidad en el comercio internacional”, basando la comercialización y la distribución de bienes y alimentos en unos principios de justicia social y ecológica. Pero mientras la soberanía alimentaria se plantea como un paradigma alternativo al sistema agroalimentario dominante, el comercio justo pone énfasis en el proceso de comercialización. Pero, ¿qué elementos caracterizan cada una de estas propuestas? ¿Cuáles son sus puntos de encuentro y de desencuentro? ¿Quiénes promueven estas demandas? El presente artículo pretende abordar estas cuestiones.

¿Quién es quién?

En la actualidad, a pesar de algunos intentos de cooptación del concepto de soberanía alimentaria, podemos afirmar que existe una visión mayoritariamente compartida acerca de qué entendemos por la misma de la que La Vía Campesina es su principal portavoz. Como recoge Desmarais (2007:56), la soberanía alimentaria fue definida por La Vía Campesina como: “El derecho de cada nación a mantener y desarrollar su propia capacidad de producir sus alimentos básicos, en lo concerniente a la diversidad cultural y productiva” y “el derecho a producir nuestro propio alimento en nuestro territorio”.

En cambio, en lo que respecta al Comercio Justo, existen dos grandes enfoques, presentes en el Estado español, portugués, francés, italiano y griego, donde el movimiento ha tenido una evolución parecida. Se trata de una visión “tradicional y dominante” del comercio justo, centrada en los criterios de producción en origen, en una perspectiva Norte-Sur, que prioriza la comercialización de productos y que es defendida, en general, por las mayores organizaciones del movimiento. Y, por otro lado, encontramos una visión “global y alternativa” que tiene en cuenta toda la cadena de comercialización de un producto, con una perspectiva tanto internacional como local, que rechaza la venta en supermercados y el trabajo con multinacionales y que es defendida por los colectivos, en general, más pequeños y vinculados a movimientos sociales de base.

Es interesante observar cómo en la medida en que el movimiento por un comercio justo ha ido creciendo y se han tenido que enfrentar nuevos debates, por ejemplo, acerca de la certificación de sus productos, la venta en grandes superficies o la colaboración con multinacionales, esto ha puesto de relieve distintos enfoques.

La visión “tradicional y dominante”, al priorizar la comercialización de los productos de comercio justo internacional, por encima de una práctica y un discurso más ideológico y de alianzas con movimientos sociales de base, ha pasado a ser una alternativa muy parcial, y a veces incluso una corrección muy limitada, del comercio internacional que dice criticar.

Tener como máxima prioridad la comercialización de estos productos en los mercados del Norte puede llevar a defender las mismas política neoliberales que, en principio, se rechazan, como se vio en su momento en los debates entre Walden Bello (2002) y Vandana Shiva (2002), por un lado, con Oxfam Internacional, por el otro, sobre el acceso a los mercados, a raíz de lanzamiento de la campaña Cambiar las reglas. Comercio, globalización y lucha contra la pobreza (Oxfam Internacional, 2002). Establecer alianzas con multinacionales como Nestlé, Starbucks, Carrefour o Alcampo, entre otras, bajo el principio de “llegar a más gente, aumentar las ventas e incrementar la ayuda a los productores en el Sur”, no altera el modelo comercial internacional que se dice combatir, a pesar de que esta regla pudiese cumplirse. En cambio, esta colaboración es utilizada como un instrumento de marketing empresarial con el objetivo de mejorar la percepción que los consumidores tienen de dicha multinacional vinculándola a principios como la “justicia comercial” y la “solidaridad”. De este modo, las organizaciones que se sitúan en la visión “tradicional y dominante”, mediante estas prácticas, acaban colaborando en lavar la imagen de quienes promueven y se benefician de un comercio internacional profundamente injusto. Asimismo, el comercio justo de café, de cacao, de quínoa, entre otros, no está exento de los mismos peligros del comercio internacional convencional: monocultivos para la exportación, dependencia de las exportaciones, etc.

Encuentros y desencuentros

A partir de lo anteriormente señalado, podemos concluir que sólo un discurso y una práctica del comercio justo que rompa con las políticas actuales y con aquellos que las promueven permitirá avanzar en la construcción de alternativas antagónicas a la lógica dominante. La visión “global y alternativa” del comercio justo se sitúa en este espacio, así como la defensa de la soberanía alimentaria. Es aquí donde ambas propuestas se encuentran.

La soberanía alimentaria plantea un paradigma global alternativo al actual sistema agroalimentario, desde la producción, pasando por la distribución hasta el consumo; mientras que el comercio justo incide, especialmente, en la comercialización y distribución, aunque teniendo muy en cuenta el conjunto de la cadena. Es desde esta premisa que queremos preguntarnos si es posible la soberanía alimentaria sin comercio justo, entendiendo por comercio justo el definido desde una visión “global y alternativa”, y si es posible el comercio justo sin soberanía alimentaria.

Si partimos de analizar una serie de elementos como el grado de importancia dado al campesinado local, cual es la prioridad productiva, qué comercio internacional, cómo se aborda el acceso a los mercados, qué modelo de distribución, qué relación con las empresas multinacionales, qué alianzas, etc. podemos observar el alto grado de afinidad entre la propuesta de la soberanía alimentaria y la del comercio justo “global y alternativo”.

Ambas coinciden en priorizar al campesinado autóctono, la agricultura local, defienden sacar la agricultura de la Organización Mundial del Comercio, apuestan por los mercados locales, los circuitos cortos y alternativos de comercialización, el combate con las empresas multinacionales y las alianzas con movimientos sociales alternativos.

Pero mientras la soberanía alimentaria se plantea como modelo alternativo global al sistema agroalimentario dominante, el comercio justo incide, especialmente, en una parte de la cadena. Desde este punto de vista, y respondiendo a las preguntas anteriormente formuladas, un comercio justo es imposible sin el marco político de la soberanía alimentaria. Si las y los campesinos no tienen acceso a los bienes naturales (agua, tierra, semillas…), si las y los consumidores no pueden decidir, por ejemplo, el consumo de alimentos libres de transgénicos, si los Estados no son soberanos para decidir sus políticas agrícolas y alimentarias…, si estos elementos no se cumplen, no puede existir un comercio justo, porqué las transacciones comerciales seguirán en manos de empresas multinacionales, apoyadas por élites políticas, quienes anteponen sus intereses privados a las necesidades colectivas.

Y en la medida en que el comercio justo, como es el caso de la visión “tradicional y dominante”, no toma como demanda estratégica la soberanía alimentaria, ni se sitúa en esta perspectiva política, sus prácticas comerciales más que avanzar hacia un comercio con justicia contribuyen, en el mejor de los casos, a unas pocas experiencias anecdóticas en el marco de las transacciones comerciales internacionales con la venta de algunos productos de comercio justo y, en el peor de los casos, acaban limpiando la imagen de determinadas multinacionales, responsables de estas políticas, justificando sus prácticas injustas y contribuyendo a una percepción social más favorable hacia las mismas y escondiendo las causas de fondo de los desequilibrios Norte-Sur.

Por su parte, la soberanía alimentaria debería de incorporar las demandas del comercio justo, desde una perspectiva “global y alternativa”, porqué éstas permiten profundizar en unos criterios de justicia social y ecológica en los intercambios comerciales, a la vez que la experiencia y el saber acumulado por el comercio justo Norte-Sur puede ser muy útil a la hora de enfrentar nuevos retos en la comercialización y la distribución alternativa. Si el comercio justo Norte-Sur ha conseguido aplicar unos criterios de justicia y una alta transparencia y confianza en los intercambios comerciales de “larga distancia”, aplicar estas mismas prácticas en los circuitos cortos de comercialización debería de ser mucho más fácil.

Por otro lado, la complejidad del comercio justo a escala internacional, con intercambios que van más allá de la relación directa campesino/a y consumidor/a y que implican necesariamente más actores (distribuidores, transformadores, transportistas, etc.), nos puede dar instrumentos en la medida en que sea necesario complejizar los circuitos cortos de comercialización en el marco de una economía solidaria. Asimismo, la soberanía alimentaria no niega el intercambio comercial internacional, a pesar de poner el énfasis en la comercialización local, por lo cual las prácticas de comercio justo internacional para aquellos productos que no se elaboren en el Norte y se tengan que importar del Sur y viceversa continuarán siendo necesarias.

De este modo, la construcción de la soberanía alimentaria, a partir de las prácticas locales, la movilización social e incorporando experiencias y demandas concretas, como las del comercio justo desde una perspectiva “global y alternativa”, plantea que es posible otro modelo de producción, distribución y consumo y que hoy, en un contexto de crisis múltiple, es más necesario que nunca.

Promoviendo el Comercio Justo con Soberanía Alimentaria

Con esa premisa comenzamos el 2021. Para promocionarlo estaremos fomentando mensajes desarrollados con estrategias de comunicación que apostarán por el trabajo colaborativo y las experiencias colectivas. Pronto les estaremos enseñando ideas y propuestas que llegarán a romper con los caminos que la comunicación tradicional a transitado hasta el momento.

Fuente
Fuente de contenidos Esther Vivas
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